Madrid – Chiang Mai

Era martes, 31 de Octubre del 2017, cuando se emprendió esta travesía que duraría varios meses por el Sudeste Asiático.

Laura y yo llegamos al aeropuerto más de dos horas antes de la salida hacia Moscú, para hacer todos los trámites pertinentes y esperar la hora del despegue.

Los aviones de Aeroflot fueron los elegidos para llevarnos al Sudeste Asiático.

Casi 5 horas de vuelo nos separaban de nuestra escala en la capital Rusa. Y, a pesar de algunas malas referencias que había escuchado de esta aerolínea, fue un viaje placentero y sumamente agradable en compañía de mi amiga Laura.

Camino a Moscú

Arribamos con 20 minutos de antelación al aeropuerto, los cuales se sumaron a las 3 horas de espera que teníamos antes de subir al próximo avión.

Tras hacer una cola para asuntos de inmigración, en donde conocimos a Paloma – una chica española que viajaría en el mismo vuelo que nosotros hasta Chiang Mai, para ver el festival del Loy Krathong -.

El Aeropuerto Internacional de Moscú parece una estación de autobuses. Nada que ver con otros aeropuertos de capitales europeas. Ya nos habían advertido antes que era un poco viejo.

Sin embargo, más que viejo o antiguo, era austero. Las salas de espera no existían aquí. Es decir, si querías esperar cerca de la puerta de embarque, lo tendrías que hacer de pie o sentado en el suelo.

Abordamos nuestro avión a tiempo y comenzamos a movernos hacia la pista de despegue. Los aviones de delante nuestro iban despegando, uno a uno, sin problema.

Sin embargo, cuando llegó nuestro turno, no despegamos. El avión se quedó inmóvil. Parado durante más de 40 minutos y sin que nadie dijera nada de qué pasaba.

Lo único que se podía ver a través de las ventanas era un camión arrojando hacia nuestro avión, especialmente a las alas y las llantas, una suerte de espuma y que, al entrar en contacto con la nave, brotaba un humo blanco y espeso.

Por fin vociferaron, en un inglés casi imposible, algo de “ice” y supe entonces que estaban descongelando el avión.

Menos mal que lo hicieron haha.

Dicho acontecimiento provocó más de una hora de retraso, lo que desencadenó otro percance más adelante.

9 horas fue lo que duró nuestro vuelo hasta aterrizar en la capital de Tailandia, Bangkok.

Eran las 12:15 cuando, por fin, pudimos salir del avión y correr como nunca habíamos corrido antes para poder abordar nuestro siguiente vuelo rumbo a Chiang Mai y que, supuestamente, despegaba a las 12:30.

El aeropuerto Internacional de Bangkok, Suvarnabhumi, ha sido de lo más extraño y curioso para mí.

Entre la presión y el estrés por llegar a tiempo a la siguiente puerta de embarque, los olores, los gritos de la gente, el ruido, los altares que rinden tributo al recién fallecido Rey de Tailandia y unas estatuas de demonios que, más adelante en nuestro viaje, formarían parte del paisaje habitual en las fachadas de los templos budistas del Sudeste Asiático.

Todo esto fue tan rápido que me impresionó mucho.

Laura y yo salimos corriendo por aquél aeropuerto inmenso, esquivando a viajeros despistados, sobre todo chinos que invadían los pasillos y bloqueaban el paso en las bandas transportadoras.

Aproximadamente un kilómetro fue lo que recorrimos hasta una sala enorme con una cola con un sin fin de gente esperando su turno.

Llegamos, confundidos y con dudas sobre si estábamos en la cola correcta y me coloqué en la cola mientras Laura buscaba a alguien para preguntar si estábamos bien colocados para no perder el vuelo.

Volvió Laura, con cara de angustiada y con una chica que nos comentó que teníamos que ir a la otra punta del aeropuerto, ¡al mismo lado de donde habíamos llegado!.

Apurados, con prisa, nerviosos y sudados – sobre todo yo – corrimos otro kilómetro de vuelta hasta un mostrador especial.

Las señoritas nos atendieron con tanta calma que me hicieron creer que habíamos llegado a tiempo.

Después de revisar nuestros documentos, nos dijeron que nuestro vuelo ya se había ido.

¡Lo habíamos perdido!

Fue una decepción muy fuerte. El viaje no había comenzado bien; ya habíamos perdido la fe pensando que, tal vez, pasaríamos el resto del día en el aeropuerto esperando y yo ya me había resignado.

Una de las señoritas nos acompañó, con toda la calma del mundo, hasta la misma cola enorme donde habíamos estado antes, para que nos sellaran la entrada al país y nos dio un papel que decía VIP Pass.

Con papel en mano, entramos por un costado de la cola en donde no había nadie y evitamos la larga espera.

Tras entregar todo y esperar el sello, pasamos el control. Seguimos nuestro camino con la chica guiándonos por el laberíntico aeropuerto hasta unas oficinas para documentar el equipaje.

Ahí nos explicaron que, dentro de 2.5 horas – a las 15:30 -, había otro vuelo y que, si por pura casualidad algún pasajero no llegaba, nos meterían en ese.

Sin embargo, el avión ya iba lleno y era poco probable que pudiéramos abordarlo.

El siguiente vuelo sería a las 17:45 y tendríamos que tener suerte para que hubiera sitio para ambos.

Hicimos tiempo en un Starbucks y paseando por el aeropuerto hasta que dieron las 15:00 en punto.

Nos acercamos a preguntar sobre nuestra situación.

Una señorita nos dijo que había otras personas en la misma situación que nosotros y que estaban en la lista de espera, antes que nosotros por tener billetes clase “business”.

No sé si fue mi cara de desilusión, pero no pasaron más de 5 minutos cuando la señorita me llamó y me dijo que podíamos abordar el avión.

Nos dio los nuevos pases de abordar y nos dijo que corriéramos.

¡Corrimos!

Fue una increíble alegría y nos fuimos con una sonrisa y agradeciéndole a todo aquél que nos cruzáramos por el camino hasta llegar al avión.

Chiang Mai

Poco más de una hora fue lo que demoramos en llegar hasta Chiang Mai con la aerolínea Bangkok Airlines.

Al aterrizar, una pequeña cordillera verde intensa nos recibió con los brazos abiertos.

Nada más salimos del pequeño aeropuerto, empezaron a llegar los taxistas ofreciéndote sus servicios.

Un recorrido de unos 20-30 minutos es lo que se tarda en llegar desde el aeropuerto hasta el centro histórico de la ciudad o sus alrededores.

Para llegar hasta ahí, existen las camionetas rojas o Songthaew, que  por 40 bahts ($1,22 USD) te llevan hasta la puerta de tu hotel.

Estas camionetas son una especie de taxi colectivo que te lleva a donde le digas pero, en el camino, va recogiendo gente que queda de paso.

Taxi Chiang Mai

En el Taxi, rumbo al hotel

Nosotros optamos por ir en taxi: una camioneta nueva y lujosa que conducía un señor de 160 cm de alto y que cobraba 150 bahts ($4,60 USD), tarifa establecida por todos los taxis y sin posibilidad de regateo.

Y eso fue una sorpresa para mí. A pesar de toda la preparación e investigación que hice antes de viajar, en ningún lugar leí esto, así que no me lo esperaba.

Un hotel boutique contratado por Airbnb fue en donde nos alojamos durante 4 días.

Alojamiento en Chiang Mai

Nuestro alojamiento en Chiang Mai

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Era un hotel hermoso, ubicado en uno de los mejores barrios de Chiang MaiNimmanhaemin -, rodeado de tiendas tradicionales, sitios para comer, cafeterías, restaurantes, un centro comercial, etc.

Fue un alojamiento increíble y con unas recepcionistas encantadoras que nos alegraron la estancia.

Una vez instalados, duchados y cambiados, salimos a dar una caminata por el barrio para conocerlo y buscar un sitio en donde comer nuestro primer platillo típico de Tailandia.

Padthai

¡Padthai!

Buenísimo, por cierto… lo comimos en uno de los tantos puestitos callejeros que abundan por Tailandia y en donde conocimos a un italiano que llevaba 2 años viviendo ahí.

Él fue uno de los muchos viajeros, mochileros y nómadas que conocimos en el viaje.

Laura se fue a dormir al hotel. Yo quedé de verme con Antonio G. autor de Inteligencia Viajera, uno de los bloggers que me inspiraron a crear mi propio blog de viajes y que tuve la oportunidad de conocerlo en persona aquí.

Fue un encuentro con varias personas que habíamos quedado de vernos con él ahí, en el McDonald’s del Night Bazar.

Ahí conocí a María Sierra, una chica enfermera, valenciana, que comenzaba un proyecto de creación de un blog – Enfermera en Ruta – sobre voluntariados relacionados con sanidad. Era alumna de Antonio y de su Escuela Nómada Digital.

La hermana de María y unas amigas de ella también la acompañaban en este encuentro.

Además, mi amigo Alfonso Rovira, del blog Algo más que un viaje, también estaba.

Alfonso tiene una historia impresionante que contar sobre su ruta en bicicleta de oeste a este por África, durante más de 6 meses.

Fue una noche muy bonita, llena de personas interesantes dispuestos a contar su historia de viaje.

Para acabar bien la noche, acabamos en un show de Drag Queen tomándonos unas cervezas.

Sí, un show de travestis o lady boys que se visten con ropa extravagante y hacen un espectáculo de baile y canto.

La pasamos genial.

Al otro día, el primer templo que fuimos a visitar fue el Wat Phra That Doi Suthep, mejor conocido solamente como el Doi Suthep, que en realidad ese es el nombre de la montaña, no del templo, pero así se le conoce.

Doi Suthep Chiang Mai - Soy Mochilero

Este templo es mágico. Tanto por haber sido el primero de los muchos templos que visitamos, como por su ambiente, espectaculares vistas y la excelente compañía de Laura.

Todo fue impresionante.

Este templo es un punto muy importante de peregrinación para los budistas y es uno de los más venerados del país.

Para llegar hasta aquí, cogimos una camioneta roja casi en la puerta de nuestro hotel y, cuando le dijimos al conductor hacia dónde nos dirigíamos, nos dijo que estaba muy lejos y que nos tocaría conseguir a 6 personas más para que valiera la pena el viaje.

La otra opción era pagarle 350 bahts ($10,70 USD) para llevarnos solamente a nosotros.

Decidimos decirle que no y buscar otra forma de llegar y, cuando nos íbamos a bajar de la camioneta, nos dijo que nos llevaría a un lugar donde se reúne la gente para subir al templo en grupos.

Nos dijo que nos llevaría gratis, aunque su peculiar inglés no me dejó claro y dudaba que así fuera.

Llegamos a Chiang Mai University, en donde bajamos y la camioneta arrancó sin que dijéramos nada.

Así que sí fue gratis haha.

Ahí había un par de personas esperando juntarse 8 para subir la montaña y los conductores que había ahí intentaban captar a cualquier transeúnte que merodeara la zona.

Por lo visto, alquilar una motocicleta ahí mismo para subir por tu cuenta, también es muy usual. Lamentablemente, no pregunté precios pero sí vi que estaban alquilándolas.

Nosotros no nos atrevimos a conducirla y optamos por las camionetas que parecían más seguras, aunque iban rapidísimo.

Media hora de espera tuvimos hasta que se juntaron las 8 personas para que nos subieran a la cima a todos juntos.

Y así, emprendimos el viaje hasta arriba.

El camino hasta ahí dura una media hora, cuesta arriba y llena de curvas pronunciadas combinadas con paisajes preciosos que nos deleitaron mientras ascendíamos.

Llegamos a un sitio lleno de puestos de comida y souvenirs improvisados, mucha gente y muchas camionetas con turistas que llegaban, igual que nosotros.

No había duda de que habíamos llegado.

La camioneta te deja en donde comienzan las escaleras para subir hasta el templo y, una vez ahí, puedes llegar a la cima mediante un teleférico que cuesta 20 bahts ($0,61 USD) o caminando por los 309 escalones que merecen muchísimo la pena pues, en el camino, vas encontrando pequeños altares, estatuas, paisajes y decoraciones curiosas.

La parte interior del templo, a la cual sólo se puede ingresar descalzo y con la vestimenta adecuada – hombros cubiertos para las mujeres y pantalón o falda más abajo de la rodilla, incluyendo los hombres – ha sido la más espectacular que haya visto.

Templos de Chiang Mai

En el centro, te recibe una “Chedi” dorada. Es una estupa cónica budista que se utiliza para enterrar objetos sagrados, por la cual, la gente circula a su alrededor con incienso y las manos juntas, realizando rezos.

Nos dijeron que la visita no dura más de una hora. Sin embargo, nosotros invertimos 4 horas para poder recorrerlo completamente, disfrutarlo y sacar algunas fotos.

Sin lugar a dudas, fue una experiencia inolvidable.

Bajando las escaleras, caminamos por las tiendas y puestos que había y decidimos comer en el primer sitio que vimos.

Un señor muy amable nos atendió, con su mal inglés, y ordenamos 2 padthais – ¿se nota que nos encanta? -, dos botellas de agua y 2 coca colas, ¡todo por 90 bahts! ($2,75 USD).

Comimos riquísimo y baratísimo, antes de volver a subirnos a una camioneta roja que nos llevaría a la puerta sur de la ciudad por 60 bahts, para poder apreciar otros templos y el comienzo del festival Loy Krathong.

Otros templos

Aprovechamos muy bien nuestra estancia en esta ciudad. Nos la pasamos recorriendo todas las calles que pudimos en búsqueda de templos, algunos famosos, otros no tanto, pero todos hermosos.

 

Wat Raja Mon Thian Chiang Mai

Templo Wat Raja Mon Thian Chiang Mai

 

Wat Lok Moli Chiang Mai

Templo Wat Lok Moli en Chiang Mai

Doi Suthep Chiang Mai

No recuerdo el nombre de este templo 🙁

Loy Krathong

El Loy Krathong es un festival que se celebra anualmente en todo Tailandia.

Tiene lugar en la noche de luna llena del duodécimo mes del calendario lunar tradicional Tailandés, el cual, casi siempre coincide con los primeros días del mes de noviembre, en el calendario occidental.

“Loy” significa flotar. “Krathong” es una especie de balsa que se fabrica con el tronco del árbol del plátano, con sus hojas, flores, incienso y velas.

Durante esta noche, la gente compra o se fabrica ella misma estas barquitas para soltarlas por el río en celebración del fin de la temporada de lluvias y monzones y como homenaje a la diosa hindú de las aguas “Mae Khongkha”.

Para los tailandeses, un “krathong” va más allá de lo estético.

Para ellos, es una ofrenda de agradecimiento por todo lo bueno. Se comienza una nueva etapa y se ruega por dejar de lado todo lo malo, como renovación espiritual.

Todos los extranjeros y forasteros fuimos bienvenidos a unirnos a su íntimo ritual pues, a los locales les gusta que disfrutes de su tradición y te unas a su ofrenda.

Y así lo hicimos…

Loy Krathong Chiang Mai

Nuestro Krathong con 3 velas

Nosotros disfrutamos del festival en la puerta sur, en donde conocimos a una señora española que llevaba casi un año en Chiang Mai y estaba enamorada del lugar: sin hijos ni esposo, decidió renunciar a su trabajo y su rutina y poner en alquiler su piso para irse a esta ciudad a vivir la vida. Sonsoles, se llamaba, y me hubiera gustado poder volverla a ver después en mi viaje.

Espectáculos por todas partes; música en las calles; concursos de belleza; farolillos por doquier; sonrisas en la gente; buena vibra y un ambiente festivo, amenizaron toda nuestra estancia en la ciudad.

Además, el festival del Loy Krathong coincide con otro festival aún más famoso llamado Yi Peng.

Yi Peng

Este festival suele confundirse mucho con el Loy Krathong porque se celebran al mismo tiempo.

En este festival, las calles y los templos se adornan y decoran con farolillos y banderas, hay fuegos artificiales y, sobre todo, las linternas que sueltan, junto a la luna llena, iluminan el cielo nocturno, creando un espectáculo inigualable.

Yi Peng Chiang Mai

La costumbre consiste en pedir un deseo mientras sueltas la linterna al aire, que va subiendo hasta perderse entre las miles de linternas que la acompañan.

Todas, cargadas de sueños, promesas y buenos deseos.

Es, sin lugar a dudas, un espectáculo realmente emocionante, en donde se crea un ambiente y energía especial y que quedó grabado en mi retina.

La noche la disfrutamos con Antonio, Cristina y Alfonso.

Yi Peng Chiang Mai

Soltamos varias linternas, cada una con un sueño y un propósito distinto, pero todas con buenas intenciones, y decidimos cerrar la noche con broche de oro.

Caminamos 2,5 km hasta llegar a la otra puerta para cenar en el mercado, no sin antes habernos comprado una cerveza para ir tomando por el camino.

Aquél padthai que cenamos, fue el mejor que había comido hasta ese momento – aunque cada vez que comía un padthai, decía que ése era el mejor haha -.

Fue una cena muy agradable; hablando de todas las aventuras y experiencias que dejan los viajes.

Al final, se fueron todos y nos quedamos Laura y yo con Alfonso y sus aventuras por África.

Templo de plata 

Al otro día, ya nos despedíamos de esta hermosa ciudad. Nuestro vuelo salía en la tarde, por lo que decidimos despertarnos temprano y hacer una última visita cultural.

Visitamos el templo de plata, el cual no teníamos previsto y ni siquiera conocíamos, pero nos lo recomendó un señor que habíamos conocido en otro templo, el día anterior.

Dicho señor, nos dijo que había llegado desde Bangkok con la misión de comprarse varios trajes de seda, porque en Chiang Mai resultaba mucho más barato que en la capital.

Además, me recomendó muchísimo, casi me exigió, que yo también me comprara un traje que, al parecer, estaban a precio de risa.

Lástima que mi viaje de varios meses por el sudeste asiático apenas comenzaba y, dentro de mis planes, no estaba ir cargando con un traje durante todo el viaje. Por lo que no compré nada.

En fin, este señor, nos recomendó visitar le templo de plata: un precioso templo construido en 1502, recubierto todo de plata, lo que lo hace único en su especie y lo diferencia del resto de templos de Chiang Mai y de Tailandia.

Templo de Plata en Chiang Mai

Laura y yo en el templo de plata en Chiang Mai

Algo que nos sorprendió fue que nos encontramos con el primer templo al que no se le permite la entrada a las mujeres. Por lo que Laura tuvo que esperar afuera y conformarse con la descripción que le hice y las fotos que tomé.

En los alrededores del templo, se encuentra una escuela de plateros, por lo que se vuelve un importante centro de artesanía de la ciudad.

Taller de plata en Chiang Mai

Taller de plata en Chiang Mai

También, se encuentra un salón en donde se permite hablar con los monjes y preguntarles lo que quieras.

En Chiang Mai, existen algunos puntos llamados monk chat distribuidos por la ciudad y aquí se encuentra uno de ellos.

Aunque me habría encantado poder hacerlo – de hecho tenía varias preguntas en mi libreta que ya había pensado hacerles – por motivos de tiempo, no nos fue posible.

Ese fue el fin de nuestro recorrido por Chiang Mai.

Terminamos comiendo en el mismo mercado en el que habíamos cenado la noche anterior y nos dirigimos al aeropuerto en un tuk tuk, para darnos el gustito de habernos subido, al menos una vez, en aquellos famosos medios de transporte.

¿Qué tiene Chiang Mai que enamora?

Como en la vida misma: cuando menos te lo esperas, sucede.

A mí, Chiang Mai me tomó por sorpresa.

Es una ciudad plagada de cultura y de historia, en donde se respira un aire de montaña, de viajeros y de libertad. Un aire bohemio, de juventud y hasta hipster.

Sus espectaculares templos, su maravillosa gente que siempre sonríe, sus baratos precios, su comida, sus mercados, todo. Todo me gustó de esta ciudad.

Fue la primer ciudad que conocí de Tailandia y de todo Asia. Fui muy bien acompañado por Laura. Conocí gente espectacular y disfruté al máximo.

Hoy, mientras escribo esto desde el “Highlands Café” en Hanoi, se me hace un nudo en la garganta al recordar lo hermoso que fue todo.

Cuatro días llenos de magia, de risas, de abrazos, de asombros por la magnificencia de los templos, de recibir y de dar sonrisas, de comer, de caminar hasta que dolieran los pies.

Gracias Chiang Mai por dejarme conocerte.

Prometo que pronto regresaré para probarte de nuevo y saciarme de tu esplendor en mi próximo viaje al sudeste asiático.


Bangkok

El viaje a una de las ciudades más pobladas del Sudeste Asiático, Bangkok, la hicimos con la aerolínea Vietjet Air. El vuelo fue menos bueno que la ida con Bangkok Airlines, pero no fue malo.

Llegamos a las 19:00, más o menos. Nos subimos en uno de los organizados taxis que esperan a la salida y comenzamos el recorrido hasta nuestro apartamento, muy cerca de Khao San Road.

Si vas a viajar a Bangkok, tal vez te interese leer Cómo ir a Khao San Road.

Llevábamos como 1 minuto de recorrido, cuando me di cuenta de que no había puesto el taxímetro.

¡Hay que fijarse que lo pongan! Al menos que quieras pagar más de la cuenta.

Del aeropuerto internacional de Suvarnabhumi al centro de la ciudad o Khao San Road, son unos 35 km y se recorren en una hora, aproximadamente, dependiendo del tráfico.

Ya me habían comentado que los taxistas en Bangkok conducían como locos… ¡Yo comprobé esa teoría!

Mientras el taxi conducía por las autopistas de doble piso, Laura y yo íbamos disfrutando el espectáculo de luces de los edificios de la ciudad, mientras nos aferrábamos al asiento, de vez en cuando.

Llegamos a nuestro alojamiento con el taxímetro marcando 305 bahts. Sin embargo, el taxista había pagado 2 peajes en el camino, los cuales sumó al total, dando 405 bahts.

El barrio en donde estaba ubicado nuestro lujoso edificio nos sorprendió.

Para llegar a él, había que entrar desde la avenida principal, por unos laberínticos pasadizos flanqueados por chabolas, desechos, un canal convertido en desagüe, pobreza y miseria.

No daba miedo. En Tailandia, los barrios así no dan miedo. La gente no te ve mal ni da la sensación de inseguridad.

Era un alto contraste, como lo es también en México u otros países en vías de desarrollo.

Por fin entramos a nuestro edificio y nos dirigimos al 4º piso, puerta 8406, contraseña 3222111.

Al llegar a la 4º planta y verificar más de 3 veces, nos percatamos de que no había ninguna puerta 8406. Se saltaba justamente ese número.

Iba del 8405 al 8407, sin pasar por el 8406.

Empezó a sentirse algo turbio y a oler a estafa.

Más de 20 minutos invertidos en la búsqueda implacable del apartamento, cuando decidimos hablar con el policía que aguardaba abajo del todo.

Una conversación de índole primitiva, con señas y sonidos guturales, logró resultados sorprendentes para entendernos.

Supo que estábamos perdidos y sirvió que le enseñara la dirección de Airbnb para que nos guiara de nuevo a la 4º planta y corroborara por él mismo que ese número no existía.

Por iniciativa propia, el policía sacó su teléfono y mostró sus intenciones de querer llamar al dueño y ayudarnos.

Laura y yo estábamos temerosos porque el dueño nos había comentado que los policías del edificio podrían pedirnos documentación para entrar al edificio y que era ilegal recibir huéspedes de Airbnb.

Nos había pedido, por favor, que dijéramos que éramos sus amigos de toda la vida y que nos estaba prestando su casa para pasar unos días. Que no pagaríamos por ello.

Además, había leído algunos comentarios en Airbnb que, a otros huéspedes, los habían interceptado antes, por seguridad, para revisarles pasaportes y otras cosas.

Al final, pudimos hablar con la novia del dueño con el móvil del policía y nos explicó que el apartamento no era el 8406, ¡sino el 8405!

¡Nos habían dado mal el número!

Por fin entramos en el maravilloso apartamento con vistas al río Chao Phraya y al puente Rama VIII.

Era un apartamento precioso y grande, con una ventana enorme por donde se colaba la luz que reflejaba el río con la iluminación de los edificio y del puente.

Nuestro alojamiento en Bangkok y sus vistas al río

Todo era perfecto, menos la limpieza. El suelo estaba bastante sucio y , peor aún, la ducha. Era tan desagradable el no poder andar descalzo en el apartamento debido a la suciedad, incluyendo los pelos de quién sabe quién (y de dónde) que se te pegaban en los pies.

Laura se puso a limpiar un poco mientras yo le mandaba mensajes al dueño reclamándole la situación.

Por suerte, reaccionó de una manera muy amable y disculpándose por lo sucedido. Prometió que, al otro día, iba a mandar a alguien a limpiar y nos ofreció una noche extra en su apartamento, de forma gratuita, para compensarlo.

Lamentablemente no podíamos aceptarla porque ya teníamos nuestros vuelos comprados: Laura de vuelta a Madrid y yo a Hanoi.

A cambio, nos llevó una botella de vino que tampoco pudimos disfrutar porque todos los días llegábamos demasiado tarde y demasiado cansados como para bebérnosla.

Sin embargo, la manera en la que reaccionó ante nuestro disgusto hizo que, a pesar de éso, quedáramos contentos.

Wat Lucky – El timo

Al día siguiente, salimos temprano, habiendo planeado una ruta por el Palacio Real, el Wat Mahathat, el Wat Pho – Buda reclinado -, el Wat Arun, entre otros sitios de interés, incluyendo Khao San Road.

Encaminados rumbo al primer destino, decidimos hacer una parada en una fortaleza, llamada Pom Phra Sumen, para hacer unas fotos de las maravillosas vistas hacia el río.

Justo cuando estábamos entrando, un local con una sonrisa se nos acercó preguntando de dónde éramos. Era un chico muy simpático que nos decía palabras en español mal hablado que daba risa y hasta ternura.

Después de un minuto hablando con él, nos recomendó usar el tuk tuk para movernos por la ciudad. Nos dijo que Tailandia estaba en su último día de festividad – lo cual creímos, pues veníamos de Chiang Mai y su Loy Krathong -.

Nos dijo que para fomentar el turismo, el gobierno les pagaba la gasolina a los tuk tuk para llevarnos a visitar los templos de la ciudad. A nosotros solo nos costaría 40 bahts ($1,20 USD) por 3 horas de recorrido.

¡Vamos, toda una ganga. Un chollo!

Nosotros, emocionados, preguntamos por los sitio de interés que nos recomendaba ver con el tuk tuk. Así, como quien no se esperaba esa pregunta, casualmente saca un mapa nuevo y doblado perfectamente de su bolsa y nos empieza a señalar los puntos mientras nos escribe en una hoja.

Recalcó varias veces que estábamos en nuestro día de suerte porque, aparte de que nos tocara la fortuna de que era el último día que el gobierno pagaba la gasolina, además era el único día en todo el año que abrían las puertas del Wat Lucky, templo donde se encontraba el Lucky Buddha y que sólo lo habrían al final de dicha festividad.

Le agradecimos mucho y caminamos un par de metros hasta donde, casualmente, se encontraba un conductor de tuk tuk. Le preguntamos por la “promoción” de 40 bahts y nos la confirmó.

El primer templo que visitamos era uno que tiene un Buda de 30 metros de altura. Un templo interesante, con un Buda medio roto pero enorme, recargado en un edificio.

Buddha de 30 metros

Buddha de 30 metros

Invertimos media hora en el lugar, haciendo fotos y observando una ceremonia parecida a una misa que se daba en el interior.

Seguimos con nuestro tuk tuk al siguiente destino, el Wat Lucky.

En nuestro tuk tuk

Un templo de lo más simple y austero pero, sobre todo, ¡VACÍO! 

No había ni una sola persona ahí. Muy raro para ser el templo de la buena suerte y que sólo abre una vez al año, ¿no?

Entramos, no sin antes quitarnos los zapatos como en todos los templos. Nos recibió un señor que parecía ser el cuidador del mágico templo.

Nos contó la misma historia de la suerte que tuvimos por haber podido ver al Buda de la buena suerte.

Wat Lucky - El "Buda de la suerte" Sudeste Asiático

Wat Lucky – El “Buda de la suerte”

Físicamente, aquél Buda no era sorprendente, pero tal vez la suerte que nos daría sí lo sería.

Nos enseñó a hacer la reverencia: con las manos juntas, hay que agachar la cabeza tres veces que significarían buena suerte para la salud, el trabajo y la familia.

Y fue verdad… a partir de ahí, nuestra suerte cambió, ¡pero para mal!

Nos subimos al tuk tuk de nuevo y le pregunté cuál sería nuestro próximo destino, a lo que me contestó que sería la fábrica de seda.

Como no nos interesaba ir de compras, le dijimos que no queríamos ir. Nos comentó que era muy interesante ir porque era la fábrica del gobierno, en donde solo pueden comprar los tailandeses y que, debido a las festividades, solo en esos días estaba abierto para el resto de los mortales.

Insistimos que no nos interesaba y comenzó nuestra primera discusión del día.

Después de varios intercambios de opiniones, nos confesó que si nos llevaba a ese lugar, a él le darían una comisión de 200 bahts, sin importar si comprábamos algo o no.

Por lástima, pero más por tontos, accedimos en ir para que le dieran su comisión.

¡Grave error!

Entramos al local que, por fuera se veía muy normal pero, por dentro, era igual que entrar en una tienda de Hugo Boss, o mejor.

Inmediatamente nos acechó un empleado, trajeado y armado con su mejor sonrisa…falsa.

Comenzó a preguntarnos de dónde éramos y a mencionar nombres de jugadores de fútbol del Real Madrid. Se quería hacer el simpático.

Me preguntó si buscaba algo en particular o si quería hacerme un traje de seda, a lo que respondimos “we only want to see”

En ese momento, le cambió el semblante y la expresión sonriente le cambió a una de burla. “If you only want to SEE, you should go to Phuket, to the SEA”, nos dijo, haciendo burla y juego de palabras entre “see”, que significa ver o mirar, con “sea” que significa mar.

Todos sus compañeros empezaron a reírse de su broma y nosotros no habíamos caído en la cuenta de que era una burla mal intencionada, más que una broma para caer bien.

Empecé a caminar por la tienda y cuando me acerqué a ver los trajes, me dijo que mejor no me acercara a esa zona porque era demasiado caro para mí y que no podría pagarlo.

Le pregunté que cómo sabía que no podría pagarlo, si no me conocía, a lo que respondió que él podía identificar cuando un cliente era una “piedra preciosa” y cuando era una pérdida de tiempo.

Comenzó la discusión en donde le causaba risa lo que le decíamos. Yo, enojado y Laura con su infinita paciencia, intentábamos encontrar una razón o motivo para que nos empezar a tratar de esa manera.

Le pregunté su nombre y me dijo algo como Leti Laru. Él era el único que no tenía pinta de tailandés en toda la tienda. Parecía como de la India o Bangladesh.

Pedí hablar con alguien a cargo y salió una señora que parecía poder ayudarnos. Comencé explicándole lo que su empleado había dicho y, cuando terminé, me dijo what do you want? do you want me to hit him? to kick him? to punish him!!?

La gerente explotó en cólera y nos trató igual o peor que el empleado. Terminaron empujándonos de la tienda. El personal de seguridad se unió a los empujones en donde, una vez fuera, decidí sacar mi cámara y fotografiar a la señora.

¡Grave error!

Quiso arrebatarme la cámara para que borrara la foto y gritándome groserías.

Fue de una forma tan violenta y agresiva, que Laura se asustó y me pidió que borrara la foto que acababa de hacerle.

Sin embargo, cuando vio que la borré y se metieron de nuevo en la tienda, le volví a sacar otra foto a la fachada y…

¡Gravísimo error!

Salió toda la tropa, incluyendo la cajera y el que hacía un traje a medida en el fondo de la tienda, para iniciar otra discusión aún más agresiva.

Por fin, volví a borrar la foto y le pedimos al conductor de tuk tuk que nos sacara lo antes posible de ahí.

Cuando arrancó y me sentí a salvo, saqué una última foto al sitio para poder ponerla en el blog y advertir a la gente esta estafa.

La gerente y el que hacía un traje a medida entrando a la tienda

El conductor paró a 100 metros del lugar, enojado con nosotros, porque ahora no recibiría su comisión.

Terminó diciéndonos que ya no nos llevaría a los siguientes templos y que nos bajáramos. Le exigimos que nos llevara al mismo sitio donde nos recogió y ahí terminó la aventura.

Laura, con culpabilidad, no le pagó 40 bahts, sino 100 – siempre tan buena – y nos fuimos a tomar un café para bajar el enojo.

Descubriendo la ciudad

Una vez se nos bajó el enojo, fuimos a recorrer el itinerario que teníamos previsto desde el principio. Empezando por Khao San Road, la calle mochilera más famosa de Bangkok en la que, para ser sincero, de día decepciona un poco, pero en la noche es toda una atracción muy animada.

Seguimos nuestro camino hasta el Gran Palacio Real, no sin ir comiendo de todo lo que nos encontrábamos por la calle.

Fue un camino largo y caluroso hasta el gran complejo. Una cola de tamaño mediano aguardaba en las puertas del lugar, aunado a las caras de confusión disparadas al policía de turno que decidía quién tenía la ropa adecuada para entrar y quién no.

Tanto mujeres como hombres deben ir vestidos apropiadamente: con pantalones que no estén pegados como leggins y que cubra hasta el tobillo, camisa con mangas y que cubra pecho, espalda y hombros.

A mí no me dejaron entrar porque llevaba shorts y me obligaron a comprar unos pantalones en una tienda que “casualmente” estaba enfrente.

Pantalones recién comprados para poder entrar al Palacio Real

Una vez comprado el pantalón, pudimos pasar al complejo para hacer otra pequeña cola, no sin antes caminar unos 100 metros por una explanada llena de chinos que íbamos esquivando, pues impedían el paso a los transeúntes que intentábamos llegar a la taquilla para comprar el boleto.

Entrada: 500 bahts

El mejor momento para entrar es a primera o a última hora, porque no hay casi nadie. Horario de 08:00 – 15:30.

No pudimos entrar, aun después de haber comprado el pantalón, porque ya eran las 15:15 y no queríamos recorrer el complejo con prisa, así que decidimos volver al día siguiente.

Seguimos recorriendo la ciudad, entrando en cada templo que nos encontrábamos (que no eran pocos), hasta que nos metimos en un complejo que tenía una cola enorme para entrar y solamente había tailandeses.

Nos pusimos en la cola, como quien no quiere la cosa y sin saber para qué era. Íbamos entrando, cada vez más, en un sitio lleno de sillas y que, para poder pasar, te daban una identificación que debías colgarla en tu camisa, además de una botella de agua y una invitación.

¿En dónde nos estábamos metiendo?

¡No lo sabíamos! pero nosotros seguíamos a los demás. De fondo, se alcanzaban a ver cúpulas y figuras extrañas. Parecían varios templos muy importantes.

Preguntamos a la gente pero nadie hablaba inglés y no era posible entender nada. Solamente uno nos comentó que era el crematorio del recién fallecido Rey de Tailandia.

El Rey había muerto en octubre del año pasado y, 10 días antes de nuestra visita, lo habían incinerado (o eso había leído yo).

Sin embargo, comenzamos a creer que, tal vez, lo iban a incinerar ahí mismo. Ahora, ¡con nosotros de invitados!

Una ola de confusión, aunado a la emoción del momento, nos invadió. Entramos a una gran explanada y nos hicieron sentar en una de las miles de sillas que había y tocó esperar.

Laura esperando entre puro tailandés

20 minutos duró la espera hasta que nos hicieron levantar y nos permitieron la entrada en conjunto con el resto de personas que también esperaba.

¡Por fin lo entendimos! Era la cola de espera para entrar al lugar en donde incineraron al Rey apenas unos días antes y estaban dejando entrar a la gente por oleadas y, mientras se vaciaba de la gente que entró antes que nosotros, teníamos que esperar.

Crematorio Rey Tailandia

El crematorio Real

El lugar fue espectacular. Curioso, colorido y enorme. Construido en un año; desde la muerte del Rey hasta un día antes de su cremación.

Sin duda, valió la pena esperar para entrar.

Dedicamos el resto del día a caminar, comer, conocer la ciudad y terminar con broche de oro, tomando 2 cervezas en 2 lugares diferentes de Khao San Road. Viendo pasar a la gente, los vendedores de todo tipo de cosas, incluyendo escorpiones o arañas, mango sticky rice, Pad Thai, ropa, coco o caña, etc.

Todo un festival digno de ser disfrutado por la noche.

Tomando cerveza en Khao San Road

Al día siguiente sí pudimos entrar al Gran Palacio Real. Sin duda, es el monumento más caro al que entramos, pero ha sido totalmente espectacular.

Gran Palacio Real de Bangkok

Para mí, junto con el Doi Suthep en Chiang Mai, fue de lo mejor que vi en Tailandia.

Dos horas nos tomó recorrerlo, con calma y disfrutándolo muchísimo, aunque se podría recorrer en menos tiempo.

Palacio Real Bangkok

Dentro del Palacio Real de Bangkok

Palacio Real Bangkok

Recorriendo el Palacio

El Palacio Real está ubicado justo a la ribera del río Chao Praya y se convirtió en residencia de la familia real de Tailandia hasta la mitad del siglo XX.

Con un parecido a la antigua ciudad de Ayutthaya, se encuentra rodeado y protegido por una muralla y canales artificiales que forman una isla llamada Rattana Kosin.

Prácticamente, el Palacio Real es una ciudad pequeña construida dentro de Bangkok, en donde, en épocas anteriores, se tuvo una autonomía increíble y se regían con sus propias leyes.

Actualmente, este lugar ya no es la residencia del Rey tailandés pero sí se sigue utilizando para recibir y alojar a ciertos personajes diplomáticos o para eventos importantes.

Al salir del Gran Palacio Real, nos dirigimos hacia el Wat Arun, uno de los templos más famosos de la capital.

Wat Arun – El templo del amanecer

Wat Arun significa “templo del amanecer” y, lo mejor que uno puede hacer después de recorrerlo todo, es subir a lo más alto de su pagoda para apreciar las espectaculares vistas.

Para llegar a este templo, hay que tomar un barquito muy cerca del Palacio Real que te cruza al otro lado del río por tan solo 4 bahts ($0,12 USD).

Wat Arun

Vista del Wat Arun desde el otro lado del río

Este templo está considerado como uno de los más emblemáticos de la ciudad, no sólo por la arquitectura que destaca ante el resto de templos Budistas de la ciudad, sino también por la proximidad que tiene al río Chao Praya desde donde se pueden sacar preciosas fotos, tanto de día como de noche.

Wat Arun Soy Mochilero

Budas dentro del templo Wat Arun

Entrada: 50 bahts

Horario: 08:00 – 18:00

Laura, desde el primer avistamiento a este templo, dijo que éste era su favorito de todos y, naturalmente, también el mío.

A este templo le dedicamos una hora y poco más, pues no es especialmente grande. Sin embargo, el Wat Pho, el famosísimo templo del Buda reclinado, sí que le dedicamos más de dos horas.

Wat Pho – El Buda Reclinado de Bangkok

Este templo está construido en un recinto gigante en donde puedes pasarte horas recorriéndolo.

Aquél Buda gigante de 46 metros de largo y 15 de alto está cubierto de pan de oro y se ha vuelto tan famoso por eso. No obstante, a mí en lo personal me pareció todavía más asombroso el resto de jardines y templos que te encuentras en el mismo recinto.

Buda reclinado

Buda reclinado de Bangkok

Además de ser uno de los iconos de la ciudad, también es el templo más antiguo de Bangkok. Su construcción data de mediados del siglo XVIII, durante el reinado de Rama I, en una época en donde Bangkok todavía no era la capital de Tailandia.

El complejo tiene 8 hectáreas de superficie y además del Buda gigante y de lo hermoso que es este lugar, mucha gente no sabe que aquí fue donde nació la primera escuela de masaje tailandés y de medicina tradicional.

Wat Pho

Wat Pho

Actualmente, se siguen impartiendo clases para aprender a dar un verdadero masaje tailandés, tanto para locales como para turistas y, además, los visitantes del templo pueden darse uno por alguno de los estudiantes que quieran practicar, a precios bastante más baratos que en el resto de la ciudad.

Wat Pho

Wat Pho 

En la parte trasera del templo nos encontramos decenas de recipientes en donde vimos a la gente ir echando monedas por cada uno de ellos, para la buena suerte.

Entrada: 100 bahts

Horario: 08:00 – 18:30

Todo ese día lo dedicamos a visitar esta parte de la ciudad. Vimos el atardecer en el Wat Pho y, cuando nos echaron del templo porque éramos los últimos visitantes que quedaban adentro, decidimos emprender una larga caminata hacia el barrio chino.

Unos 3 km. nos separaban de este lugar y nos íbamos guiando con el teléfono. De pronto, una chica local nos observó y se acercó a ver si necesitábamos ayuda.

Nos explicó cómo llegar y además nos recomendó cenar en el River Vibe, ubicado cerca cerca del barrio chino y en una torre desde donde se podían disfrutar de unas hermosas vistas de la ciudad iluminada.

Nos advirtió que para ir deberíamos pasar por una zona bastante fea, pero que no debíamos preocuparnos, pues no era peligroso.

El chinatown resultó menos atractivo de lo que me esperaba. Fue una bonita visita y bastante curioso, pero si se tienen pocos días, no lo marcaría como indispensable.

Barrio Chino Bangkok

Barrio Chino de Bangkok

Dedicamos una hora y poco a recorrer sus calles hasta que nos atacó el hambre y decidimos probar el restaurante recomendado.

La caminata hasta ahí fue peor de lo que nos advirtió la chica. Hay que pasar por unos callejones angostos, flanqueados por casas, o más bien chozitas de lámina, la mayoría con las puertas abiertas, en donde podías ver familias enteras hacinadas en el suelo.

Muchísima pobreza y mucha miseria. Aún así, no sentimos peligro alguno. Al contrario, la gente con la que nos cruzamos fue amable y sonriente e incluso nos iban indicando el camino pues sabían que, si estábamos por esos lugares, significaba que íbamos al restaurante, como seguramente todos los turistas que pasan por ahí.

Por fin llegamos a un edificio de un hotel y en la recepción nos indicaron que subiéramos a la planta 8. El lugar era muy bonito; la comida rica; los precios caros, casi como en Europa; pero las vistas eran geniales.

Ojalá le hubiera pedido el teléfono o el correo a aquella chica que nos recomendó el sitio para agradecerle su gentileza y su ayuda.


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